Columba livia - Rebeca Gutiérrez

[ES] Esta es la historia de un hombre del Este y sus cien palomas mensajeras. Esta serie de fotografías, tomadas en Junio de 2014 en el Polígono Industrial Albresa de Valdemoro, España, narran la pasión de Daniel Codita, natural de Timișoara, Rumania, por la cría y el adiestramiento de palomas de carrera.

Daniel Codita, hijo de María y Yosif, nació en 1985 al sureste de la llanura de Banat. Él y sus ocho hermanos crecieron en una pequeña granja a las afueras de Timișoara entre vacas, cerdos, caballos y palomas. Daniel se declara colombófilo desde los siete años, edad con la que construyó, con la ayuda de su padre, su primer palomar. En 2002 conoce a Mermezan Lucian, un gran colombófilo rumano, campeón nacional de fondo ese mismo año, que se convierte en su amigo y maestro. En 2003, a sus dieciocho años, siguiendo los pasos de su hermano mayor, emigra a España. Se instala al sur de Madrid, donde trabaja como pintor, albañil, fontanero y electricista. A finales de 2010, junto a dos de sus hermanos, compra una nave industrial en Valdemoro donde instala su empresa de construcción y reformas. Allí erige su palomar, el que hoy es hogar de sus casi cien ejemplares de Columba livia. Mermezan le enseñó todo los secretos del arte de la colombofilia y le hizo sucesor de su linaje regalándole cinco parejas de sus mejores aves. Ellas fueron las primeras pobladoras del palomar, a las que siguieron más generaciones de mensajeras.

Máquinas de vuelo casi perfectas, símbolos de la paz y artífices de la guerra, dotadas de un extraordinario sentido de la orientación y resistencia a la fatiga, estas aves, auténticos atletas del espacio, son capaces de franquear en un sólo día cientos de kilómetros impulsadas por un único deseo: regresar a su palomar. En la modalidad de gran fondo, las palomas tienen que cubrir mil veinticuatro kilómetros, más de veinte veces la distancia que separa Maratón de Atenas. El punto de suelta es un lugar en medio del Atlántico a la altura de Safi, desde un barco rumbo a las Canarias. La distancia a la costa más cercana, en Marruecos, es de cuatrocientos kilómetros. Cuatrocientos kilómetros de vuelo sobre el océano sin posibilidad de descanso ni referencias. Luego, seguir volando, rumbo al Norte, hasta alcanzar su hogar.

En el palomar, los huevos, normalmente dos, son incubados por ambos sexos. Daniel me muestra los compartimentos de cría, de pichones y de voladoras. Un fuerte olor impregna el aire. Las palomas alertan mi presencia foránea y baten alas por doquier. Daniel conoce a todas sus palomas y dedica cada día al menos dos horas al cuidado de sus aves. Me muestra con devoción a sus mejores ejemplares, las heroínas de Safi. Sus manos sostienen con firmeza respetuosa a las voladoras. Abre sus alas para mostrarme su plumaje brillante. Luego dirige su atención a una hembra que perdió a su primer macho y pasaron años hasta que pudo volver a emparejarla. Y es que las palomas eligen un compañero para toda la vida y saben de luto y de tristezas.

Daniel es miembro del Club Fondo de la Federación Colombófila de Madrid. Desde 2010 compite con otros colombófilos conocidos a nivel nacional en la campaña anual de vuelos del club. En 2013 participó en la Olimpiada Colombófila en Eslovenia y cada año viaja a Rumanía a la exposición nacional, cita de todos los colombófilos rumanos. Tras cada suelta, se sienta sobre el asfalto y escruta con frecuencia el cielo, esperando el regreso de sus mensajeras. Con ansiedad creciente, porque ¨muchos dejan el tabaco, el alcohol, pero no las palomas¨. Y, a su regreso, la alegría y el gozo, el orgullo y la fascinación. Hubo un tiempo de carruajes, barcos de vapor y palomas mensajeras.

Hubo un tiempo de automóviles, naves espaciales y comunicaciones electrónicas. Hoy como ayer, los hijos de Ícaro viven rodeados de palomas. Erigen palomares cerca de sus hogares. Crian y adiestran a sus Columba livia. Crean clubes donde reunirse con sus hermanos colombofilos. Narran las hazañas de sus heroínas. Y, en sus ojos, un viejo anhelo: el deseo de que sus mensajeras, quizas algun dia, les revelen el secreto para convertirse en pájaro.

[EN] This is the story of a man from the East and his one hundred messenger pigeons. This series of photographs, taken in June 2014 in Albresa industrial park in Valdemoro, Spain, tell the passion of Daniel Codita, born in Timisoara, Romania, for the breeding and training of carrier pigeons.

Son of María and Yosif, Daniel Codita was born in 1985 in the south east of the Banat plain. He and his eight siblings were raised on a small farm on the outskirts of Timișoara alongside cows, pigs, horses, and pigeons. Daniel declared himself a pigeon-fancier when he was seven years old, the age at which he built his first pigeon loft with his father’s help. In 2002, he met Mermezan Lucian, a renowned Romanian pigeon-fancier, national long distance champion of that same year, who would go on to become his friend and mentor. In 2003, at the age of eighteen and following in the footsteps of his older brother, he moved to Spain. He set up home in the south of Madrid, where he worked as a painter, labourer, plumber, and electrician. At the end of 2010, he and two of his brothers bought an industrial unit in Valdemoro and set up their own building and renovation business. This was where he built his pigeon loft, now home to his almost one hundred Columba livia birds. Mermezan showed him all the pigeon fancying tricks of the trade and passed on his dynasty by giving him five pairs of his best birds. They were the first birds to live in the loft, and followed by further carrier generations.

Almost perfect flying machines, symbols of peace yet adept in war, with an extraordinary sense of direction and resistance to fatigue, these birds, the true athletes of the air, are able to travel hundreds of kilometres in a single day, driven by just one desire: to return to their loft. In the long distance categories, the pigeons have to cover one thousand and twenty four kilometres, over twenty times the length of a marathon. The release point is a boat en route to the Canary Islands in a location in the middle of the Atlantic, at the approximate latitude of the city of Safi. The closest coast in Morocco is some four hundred kilometres away. Four hundred kilometres flying over the ocean with no rest or guidance. Then, continue flying, northwards, until they reach their home.

In the loft, both of the pigeons share the incubation of normally two eggs. Daniel showed me his breeding, chick, and flyer boxes. A pungent smell fills the air. The pigeons are aroused by a foreigner’s presence and flap around all over the place. Daniel knows all his pigeons and spends at least two hours a day on tending to his birds. He shows his affection for his best birds, the Safi heroines. He holds the flyers with respectful assertiveness. He opens their wings to show me their sleek feathers. He then turns his attention to a female that lost her first male partner for whom it took years to find another match. Because pigeons choose a mate for life and they know all about mourning and sadness.

Daniel is a member of the Madrid Pigeon-Fancier Federation Long Distance Club. He has been competing against other well-known pigeon-fanciers nationally in the club’s annual flying competition since 2010. In 2013, he participated in the Racing Pigeons Olympiad in Slovenia and travels to Romania each year for the national show, which all Romanian pigeon-fanciers attend. After every release, his sits on the floor and constantly check the skies, waiting for his carriers’ return. The anxiety grows because “many give up smoking, drinking, but not the pigeons”. And their arrival brings a mixture of joy, pleasure, pride, and enthrallment.

There was an age of carriages, steamships, and carrier pigeons. There was an age of cars, spaceships, and electronic communications. Now, as in the past, Icarus’ descendants live surrounded by pigeons. They build lofts near their homes. They breed and train their Columba livia birds. They create clubs to meet up with their kindred pigeon-fanciers. They tell of their heroines’ great feats. And in their eyes there is always a longing: the dream that their carriers will, maybe one day, tell them the secret to become birds.

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