Alpujarras 7 - Rebeca Gutiérrez

[EN] Alpujarras 7

No. 7 of the street of the Alpujarras of Pinto has been for 50 years the home of Isabel and Abdón. He is from Soria, she from Aranjuez. Both born in 1932, children of the Spanish post-war period. The years they went to school you can count on one hand. They met in Gózquez de Arriba, a homestead where their families were working as farmhands of the lord of the manor. They were 10 years old. They got married in 1959 in San Martín de la Vega. That same year, Abdón bought a plot of land in what used to be the outskirts of a humble community of less than 5,000 inhabitants south of Madrid. There, with his own hands, sweat and effort, he built his castle: he dug and poured the foundations, raised walls, tiled the roof, dug and lined a well, installed a carbon boiler and brought light, warmth and drinking water to his home. His only child, María Isabel, was born in 1961. Husband, wife and daughter moved to Alpujarras 7 in 1964.

Several decades later, upon the arrival of the new century, when the real estate boom was shaking Spain, the building companies took an interest in this peculiar enclave. Knocking down the house would have been the first step to initiate building works for an apartment building with huge estimated profits. They offered him a ridiculous amount of money. "I am not leaving. The house is not for sale. They will get this over my dead body". Nowadays, the house clings in dignity to its foundations in the renamed Alpujarras Avenue, the commercial artery of a sleepy town of 50,000 inhabitants. It is surrounded by red-brick apartment houses of three different heights. And, despite the cracks in its façade, it has maintained its number 7 and every spring the swallows visit the rusty television antenna on its roof.

The inside walls of the house exhibit a picturesque collection of memorabilia: painted closets, naphtalene balls, stilettos, blouses and skirts, pants, undershirts and suspenders, hair curlers and lipsticks, botijos (1) and jars, porcelain figures and plastic figurines of the Virgin Mary, a drug dispenser, an oxygen machine, a variety of photographs, lottery tickets, a plasma television set and various radios, crossword puzzles, a canary and its cage, a round table, a pair of crutches, balls of wool and sewing needles, a piece of an umbilical cord preserved in a drawer, plush dolls, a workshop full of tools, a wheelchair, three beds. Two and a half lives of memories. Abdón sitting by the window together with the bird, doing crossword puzzles. Isabel sitting on a sofa, knitting a scarf that she would never finish. Isabel singing a copla (2) and magic filling the air. Abdón, supported by his crutches, standing in the doorway of his house. Isabel, like a guide dog, always at her side. Looking after each other for a lifetime. An entire lifetime.

1 traditional clay water containers; 2 Spanish folk song


[ES] Alpujarras 7

El número siete de la calle de las Alpujarras de Pinto ha sido, desde hace 50 años, el hogar de Isabel y Abdón. Él natural de Soria, ella de Aranjuez. Nacidos ambos en 1932, hijos de la posguerra española. Los años que han ido a la escuela se cuentan con los dedos de una mano. Se conocieron en Gózquez de Arriba, una finca agrícola donde sus familias trabajaban como campesinos a las órdenes de los señores de la tierra. Tenían 10 años. Se casaron en 1959 en San Martín de la Vega. También en 1959, Abdón compró un terreno en lo que eran las afueras de un municipio humilde de menos de 5.000 habitantes del sur de Madrid. Allí, con sus propias manos, sudor y esfuerzo, erigió su castillo: cavó y echó los cimientos, subió paredes, cogió aguas, construyó tabiques, cavó y revistió un pozo, instaló una caldera de carbón y llevó luz, calor y agua potable a su hogar. Su única hija, María Isabel, nació en 1961. Hombre, mujer e hija se mudaron a Alpujarras Siete en 1964.

Varias décadas después, con la llegada del nuevo siglo, cuando el boom inmobiliario sacudía España, las constructoras se interesaron por este peculiar enclave. Derribar la casa era el primer paso para iniciar las obras de construcción de un edificio de viviendas con grandes ganancias estimadas. Le ofrecieron una cantidad de dinero irrisoria. “No me voy. La casa no se vende. Por ese precio me sacan a mí con el traje de madera”. Hoy en día, la casa se aferra con dignidad a sus cimientos en la rebautizada Avenida de las Alpujarras, arteria comercial de una ciudad dormitorio de 50.000 personas. Está flanqueada por bloques de pisos de ladrillo rojo de tres alturas. Y, pese a las grietas de su fachada, conserva su número siete y las golondrinas visitan cada primavera la oxidada antena de televisión de su tejado.

Las paredes de la morada cobijan una pintoresca colección de objetos-memoria: armarios lacados, bolas de naftalina, zapatos de tacón, blusas y faldas, pantalones, camisetas imperio y tirantes, rulos y pinta labios, botijos y jarrones, figuras de porcelana y vírgenes de plástico, un dispensario de medicinas, una máquina de oxígeno, amalgamas de fotografías, boletos de lotería, una televisión de plasma y varios aparatos de radio, crucigramas, un canario y su jaula, una mesa camilla, un par de muletas, ovillos y agujas de lana, un ombligo en un cajón, muñecos de peluche, un taller lleno de herramientas, una silla de ruedas, tres camas. Dos vidas y media de recuerdos. Abdón sentado al lado de la ventana, junto al pájaro, haciendo crucigramas. Isabel sentada en un sofá, haciendo punto, creciendo filas de bufandas que nunca terminaba. Isabel cantándose una copla, y el aire llenándose de duende. Abdón, escoltado por sus muletas, a la entrada de su casa. Isabel, perro lazarillo, siempre a su lado. Cuidando el uno del otro, toda una vida. Entera. 

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